NUNCA seré madre

NUNCA seré madre

Nunca me gustaron los niños. Recuerdo que, cuando tenía unos 10 años, las chicas de mi edad salían corriendo a ver al primer bebé que se cruzaba y yo no entendía eso; no me gustaban ni me gustan, no me despiertan ternura sino incomodidad. Me despiertan ternura los perros o los gatos, pero no los niños.

En el año 2006 en Argentina, mi país de residencia, se aprobó una ley que obliga a hospitales públicos y clínicas privadas a otorgar métodos anticonceptivos a las mujeres y hombres (incluye preservativos y vasectomía) que lo requieran. En el caso de la ligadura tubaria, la ley establece que sólo se exige ser mayor de 18 años para solicitarla y que no se necesitaba una autorización de nadie más (ejemplo, el marido o los padres), sino la firma del consentimiento informado por parte de la mujer solicitante. La ligadura consiste en una sencilla intervención quirúrgica de unos 30 minutos y tiene la capacidad de evitar embarazos de manera permanente.

Con la ley de mi lado, asistí al servicio de ginecología del Hospital Thompson, de San Martín, para solicitarla. Al verme ( yo tenía 21 años en ese entonces) y saber que no tenía hijxs, me la negaron rotundamente (a pesar de la existencia de la ley, que les mencioné, por cierto); a cambio, me entregaron cuatro cajas de píldoras anticonceptivas, violando mi derecho a elegir mi propio método anticonceptivo previa consejería médica, tal como lo indica la ley mencionada.

A fines de 2013, cuando ya tenía 28 años, volví a insistir sobre este tema en el mismo Hospital. La ginecóloga, entonces, me dio una orden para ir a ver al cirujano, y no me dijo nada más. Una vez que tuve cita con él, me atendió junto con otras dos personas, diciéndome que había otros métodos, que me podía arrepentir, etc, típicos comentarios cuando las mujeres optamos por no reproducirnos. Me pregunto por qué a las mujeres que “deciden” ser madres nunca les preguntan el por qué de su “elección”; ¿por qué ellas no son sometidas a rigurosas preguntas y a la advertencia de que “pueden arrepentirse” de haber tenido un hijx, algo que presumo más grave que “arrepentirse” de no haberlxs tenido. Claro, ellas no están cuestionando la norma, y nosotras sí.

Otra de las excusas que esgrimían para negarme la cirugía era que no había camas disponibles en el hospital, o sea que tendría que esperar para la cirugía. Todas trabas tendientes a desanimarme. Yo seguí sosteniendo mi postura. Ante ello, me dieron una orden para una interconsulta con un…. psicólogo! Yo sabía que no tenía que ir a ningún psicólogo, dado que la ley no lo contemplaba, y la entrevista con estos médicos me había dejado la sensación de ser una bruja del medioevo a punto de ser quemada… horrible sensación, donde sentís que violan tu derecho a decidir sobre tu propio cuerpo y donde lxs médicxs se apropian del mismo para elegir que es “lo mejor” para una. Salí indignada una vez más, pero pensando que no lo iba a lograr.

Unos meses después, en agosto de 2014, encontré en casa el papel del consentimiento informado que me habían dado para que leyera cuando solicité la ligadura, y decidí llamar al 0800 del Programa de Salud Sexual y Reproductiva. Me atendió una chica, le conté todas las trabas que pusieron a mi derecho, y ella asintió que eso no debía pasar, corroborando lo que yo ya sabía, y me informó que me llamaría la encargada de resolver estas cuestiones.

Al otro día, recibí una llamada de ella, quien me consiguió un turno para hablar con el Jefe de Maternidad (encargado de las ligaduras) al día siguiente. Esa día llovía mucho, pero a las 8 de la mañana ya estaba allí, esperándolo.

Cuando él llegó, charlamos, me aseguró que estaba apenado por el maltrato que había recibido por parte de personal médico del hospital, y me dijo que en unas dos semanas yo estaría operada.

Ese mismo día, me realizaron todos los estudios pre-quirúrgicos y en dos horas (algo que normalmente lleva meses de ir al hospital) ya estaba en mi casa. Me realizaron extracción se sangre, electrocardiograma, entre otros.

A los diez días de ello, aproximadamente, recibí un llamado desde el Hospital, para informarme que el jueves 19 debía ir a realizar los últimos trámites porque el viernes 20 me operarían. Fue muy alentador para mí.

Finalmente, me operaron a los 29 años. Hoy tengo 30 y me alegra haber luchado para cumplir con mi derecho, pero también espero que algún día dejen de creer que nuestro deber en la vida es ser madres y que podamos elegir libremente, sin que nadie cuestione nuestras elecciones y deseos.

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