Mitos

  • Estigma

    Una mujer (y en menor medida un hombre) o una pareja sin hijos, siempre son vistos como una anomalía y dan lugar a la problemática. ¡Qué ocurrencia no tener hijos y apartarse de la norma! Ellos se ven constantemente obligados a explicarse, mientras que a nadie se le ocurriría preguntarle a una madre por qué lo ha sido (y exigirle razones válidas), aunque fuera la más infantil e irresponsable de las mujeres. En cambio, aquella que continúa voluntariamente infecunda tiene pocas posibilidades de escapar a los suspiros de sus padres (a quienes prohíbe ser abuelos), a la incomprensión de sus amigas (que desean que se haga lo mismo que ellas) y a la hostilidad de la sociedad y del Estado, defensores de la natalidad por definición, que disponen de múltiples y sutiles formas de castigaros por no haber cumplido con vuestro deber. Es necesaria pues, una voluntad a toda prueba y un carácter valiente, para reírse de todas esas presiones, e incluso de cierta estigmatización.

    ELISABETH BADINTER. La mujer y la madre. Ed: La esfera de los libros. p. 22.

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  • La elección de ser madre

    Toda elección supone una reflexión sobre los motivos y las consecuencias. Traer un hijo al mundo es un compromiso a largo plazo, que implica otorgarle prioridad a él. De todas las decisiones a las que un ser humano se enfrenta en la vida, ésta es la que conlleva un cambio más radical. La prudencia exigiría pues, que uno lo piense dos veces y se pregunte muy en serio sobre sus capacidades altruistas y el placer que pude obtener. (…) En realidad, la razón tiene poco peso en la decisión de procrear. Probablemente menos que en la de negarse a tener hijos. A parte del inconsciente, que pesa tanto sobre una como sobre la otra, hay que añadir que la mayoría de los padres no saben por qué tienen hijos (…). De ahí la tentación de apelar a un instinto que prevalece por encima de todo. De hecho, la decisión emana en mayor medida de lo afectivo y de lo normativo, que de la toma de conciencia racional de las ventajas y los inconvenientes.

    ELISABETH BADINTER. La mujer y la madre. Ed: La esfera de los libros. pp. 20,21,22.

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  • Mujer = Madre

    En nuestra cultura la madre es el paradigma de la mujer, SER MADRE ES SER MUJER. (…) Se socializa a la mujer para que alcance en la maternidad, la plenitud de su feminidad. La maternidad es la forma de vida supuestamente más completa para una mujer. El sexo femenino impone una misión: tener hijos. Se educa a la mujer, se le prepara para un rol estereotipado, se incita a través de la educación a ser esposas, madres, amas de casa. El futuro de una mujer está determinado por su anatomía, no tiene otra forma de crear y proyectarse hacia el futuro, que gestando y criando hijos. Se ensalza el destino biológico, ser una buena madre es una identidad que tiene prestigio social, y un profundo significado de amor, sacrificio, entrega total. “Una madre es lo más sagrado”, “como el amor de la madre no hay otro”, “el amor de la madre es incondicional”, “la madre es lo primero”. Sin embargo a pesar de esta exaltación, todo puede ser atribuido a las madres: frustraciones, inseguridades, miedos, fracasos de los hijos. Esto es, que a pesar de todas las loas y homenajes que se dedican a la madre, también en ella se descarga la responsabilidad, la crítica, la sanción y la condena despiadada de una sociedad que es implacable cuando la mujer no cumple su misión de acuerdo con lo que se espera de ella.

    BLANCA VALLADARES. “Revisión teórica sobre los mitos de la maternidad”, Revista de Ciencias Sociales. Universidad de Costa Rica. nº 65, 1994. pp.67-68.

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  • De la esperanza a la desesperación

    El niño ya hacía sentir su presencia… Mi hermoso cuerpo de mármol se distendía, se quebraba, se deformaba… Caminando a la orilla del mar, sentía a veces un exceso de fuerza y de vigor y me decía a veces que esta pequeña criatura sería mía, sólo mía; pero otros días… tenía la impresión de ser un pobre animal atrapado en un cepo… Pasando de la esperanza a la desesperación, pensaba a menudo en las peregrinaciones de mi juventud, en mis carreras errantes, en mis descubrimientos del arte, y todo ello no era sino un prólogo antiguo, perdido en la bruma que desembocaba en la espera de un hijo, obra maestra al alcance de cualquier campesina… Empezaba a ser presa de todo tipo de terrores. Vanamente me decía que todas las mujeres tienen hijos. Era algo natural y, sin embargo, tenía miedo. ¿Miedo de qué? Desde luego, no de la muerte ni del sufrimiento, tenía un miedo desconocido a lo que ignoraba. Mi hermoso cuerpo se deformaba cada vez más ante mis ojos atónitos. ¿Dónde estaban mis graciosas formas juveniles de náyade? ¿Dónde estaba mi ambición, mi renombre? A menudo, a pesar de mí misma, me sentía miserable y vencida. La lucha con la vida, esta gigante, era desigual; pero entonces pensaba en el niño que iba a nacer y toda mi tristeza se desvanecía. Horas crueles de espera en la noche. ¡Qué cara pagamos la gloria de ser madres!…

    ISADORA DUNCAN. Mi vida.

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